El Cuarteto Sharberg presenta un programa único; música de dos compositores soviéticos tan similares como distintos, llena de imaginación, política e historia.
Sobre el recital
El escritor ruso Fiódor Dostoyevski describió en su célebre novela Los hermanos karamázov (1880) una Rusia semejante a una troika desbocada, que avanza ante la mirada atónita de Occidente, amenazada por la pérdida de su orden espiritual y sentido moral. Esta imagen, que podría leerse como una anticipación de las tensiones que desembocaron en la revolución rusa de 1917, sitúa a sus habitantes en un estado de perpetua angustia e incertidumbre. Ya en tiempos de la Unión Soviética, esta percepción oscilaba entre la realidad vivida y la caricatura propagandística. En ese contexto, la experiencia de los compositores Dmitri Shostakovich (1906-1975) y Sergei Prokofiev (1891-1953), celebrados y a la vez cuestionados por el régimen, continúa siendo objeto de debate.
Por un lado, Prokofiev alcanzó notoriedad desde joven como pianista y compositor gracias a un lenguaje audaz y disonante. Tras abandonar Rusia en el estallido de la Revolución y residir en Estados Unidos y Europa, regresó en 1936 a la Unión Soviética con el afán de crear una música más accesible y alineada con ideales “realistas”. A este período pertenecen obras como Teniente Kijé, Pedro y el lobo, Romeo y Julieta, Semyon Kotko y la cantata Zdravitsa, compuesta para celebrar el cumpleaños de Joseph Stalin en 1939.
En 1941, tras la invasión nazi, Prokofiev fue evacuado al Cáucaso, junto a muchas personas más. Allí, por indicación oficial, incorporó melodías folclóricas de Kabardino-Balkaria en su Cuarteto de cuerdas No. 2. Aunque estas melodías son simples y directas, su inconfundible lenguaje, que transita entre lo armonioso y la tensión discordante, permanece intacto. Destaca la evocación de timbres locales, como el kamancheh al inicio del segundo movimiento, que abre una atmósfera introspectiva antes de transformarse en una danza jocosa.
Sin embargo, su disposición a colaborar con el régimen no lo libró, como tampoco a Shostakovich, de la condena oficial de 1948, que acusó a varios compositores de “formalismo”, denunciando una supuesta desviación de los principios de la música clásica y todo lo que debería ser “para el pueblo”. Afectado profundamente, Prokofiev se retiró gradualmente de la vida pública hasta su muerte en 1953; el mismo día que Stalin. Shostakovich, en cambio, creció dentro del sistema soviético como niño prodigio. Su primera Sinfonía, compuesta a los 19 años, lo consolidó rápidamente, otorgándole reconocimiento tanto oficial como popular.
Tras el éxito inicial de su ópera Lady Macbeth de Mtsensk, la visita de Stalin a una función en 1936 y su abrupta salida desencadenaron la publicación del célebre artículo “Caos en lugar de música” en el periódico oficial, marcando su caída en desgracia. A partir de entonces, su obra quedó atravesada por tensiones entre expresión personal y expectativas ideológicas.

El Quinteto para piano ofrece un giro notable en esta narrativa. La obra revela a un Shostakovich volcado hacia la tradición germánica, con un claro homenaje a Johann Sebastian Bach en su forma y escritura. Desde un preludio severo y concentrado, la música se despliega hacia una fuga de refinada polifonía, un Scherzo de carácter casi burlesco, un introspectivo Intermezzo y un Finale de ligereza luminosa. Esta síntesis de carácter le valió el Premio Stalin en 1941, el mismo año que el evacuado Prokofiev componía su cuarteto, y consolidó la obra como una de las cumbres de la música de cámara del siglo XX. Imaginar a Prokofiev y Shostakovich como pasajeros de aquella troika desbocada evocada por Dostoyevski es una imagen tan trágica como reveladora: dos compositores de trayectorias distintas, sometidos a las mismas fuerzas de exaltación y censura. Su legado expone las contradicciones de su tiempo y nos recuerda cómo, incluso en los contextos más adversos, la humanidad encuentra formas de expresarse.
Sobre la agrupación
Fundado hace una década, el Cuarteto Sharberg se ha consolidado como uno de los principales ensambles de música de cámara en El Salvador, destacándose por su versatilidad, novedosos programas y una constante búsqueda por la superación de sus capacidades.
Conformado por Gilberto Reyes (violín I), Guillermo Esquivel (violín II), Víctor Umaña (viola) y Edwin Torres (violonchelo), es uno de los ensambles de mayor trayectoria en la escena de música académica en el país y con proyección internacional, realizando giras en países como Guatemala, México, Alemania, Austria, entre otros. Su pasión por la exploración y la superación los ha llevado en una carrera de más de diez años interpretando los representativos compositores del canon clásico, así como de compositores salvadoreños del pasado y el presente.



La entrada incluye acceso al museo a partir de las 6:00 p. m., para disfrutar de las exposiciones antes del recital que da inicio a las 7:30 p.m.